La residencia de estudiantes, un lugar para forjar de personas

La residencia de estudiantes, un lugar para forjar de personas

El carácter de una persona se forja en su juventud. No cabe duda de que los años universitarios son el espacio en el que la personalidad termina por asentarse y el futuro se empieza a convertir en presente. En este ámbito todo cuenta. Desde el año en el que solicitaste una beca Erasmus y viviste en Ámsterdam hasta las pequeñas actividades que realizabas en la residencia de estudiantes en Madrid. Aunque parezca mentira, todo pequeño detalle acaba por contribuir a esa forja de la identidad. Tanto si estudia para empresario, como si lo hace para ser profesor, dentista o cualquier profesión que se nos venga a la cabeza, el periodo universitario es primordial en la formación personal. Más allá de la profesional, incluso.

Y como no podía ser de otra forma, la personalidad y el carácter de una persona no serán los mismos si ha vivido en una casa propia o ha compartido piso o residencia, si ha estudiado en turno de mañana o de tarde, o si ha tenido que viajar para estudiar y seguir los pasos que buscaba o por el contrario no ha sentido la obligación de salir de su casa para ello.

La universidad es algo más que una carrera de cinco años. Siempre he tenido la sensación de que en esos cinco, seis o siete años (dependiendo de especializaciones o de si la carrera se terminaba en el tiempo estimado o por el contrario se tardaba un poco más) pasaban muchas más cosas que solo las que los alumnos son capaces de ver. Lo primero que aprendemos al llegar a la universidad es que es un crisol de procedencias. Para mí, aquello era fascinante. Uno se puede enamorar del acento gallego de una compañera, de la piel morena de un joven que proviene de Costa Rica o de la pareja que hacen una rusa alta y rubia con un joven canario, moreno y de piel castaña. Es la magia universitaria.

No obstante, quizás donde más se potencie eso sea en las residencias. Cuando yo estudiaba tenía un par de compañeros que, los primeros años de carrera, vivían en una residencia universitaria de Madrid. Las tardes en las que íbamos allí a escuchar a algún director de cine, escritor o periodista de primera línea, o simplemente a pasar las horas libres, yo siempre me fijaba en la cantidad de personas diferentes que vivían bajo el mismo techo. Un arco iris de nacionalidades, acentos y orígenes que contribuía silenciosamente a que esas personas fuesen respetuosas desde el compañerismo y la solidaridad.

Esa humanidad es uno de los puntos clave en la constitución de las residencias como lugar de encuentro, de intercambio y de formación. Aunque es cierto que últimamente está cayendo un poco la popularidad y están llegando a cerrarse algunas, incluso, todavía existen residencia universitaria en Madrid. Con el Johnny (el Colegio Mayor San Juan Evangelista) en una situación delicada, la Institución del Divino Maestro se ha convertido en la residencia universitaria en Madrid más popular y en una de las más longevas. Desde el año 1927, esta residencia de estudiantes en Madrid lleva acogiendo a alumnos de todo tipo de procedencias, tanto culturales como formativas. En sus pasillos podemos encontrar conversaciones culturales entre filósofos y futuros biólogos, debates entre periodistas y maestros o cualquier tipo de conversación que se nos ocurra. Es la magia de esta institución, que fomenta esa adquisición de conocimientos, más allá de la propia formación en clases, para que el universitario tome como suyo un bagaje cultural que permite una mejor convivencia y una formación social y humana que se adapte a las necesidades de una sociedad actual en la que el respeto es fundamental en este tipo de intercambios intelectuales. Para fomentar esta convivencia, esta residencia de estudiantes en Madrid organiza (o permite la organización por parte de sus inquilinos) certámenes literarios de relato corto, poesía, novela, concursos de cortometrajes para fomentar las inquietudes cinematográficas o maratones deportivas, ya que el deporte contribuye a respetar al situar a todos los participantes en un mismo plano. Como decíamos al comenzar este artículo, la creación de una persona tiene lugar durante la juventud. Y el periodo universitario es básico. Aprovecharlo es esencial.